El próximo Mundial de 2026 llega con un escenario muy distinto al de 1994, cuando Estados Unidos fue anfitrión por primera vez y aprovechó el impulso para lanzar Major League Soccer dos años después. Entonces, un superávit cercano a los 40 millones de dólares permitió crear la U.S. Soccer Foundation y sembrar canchas y programas comunitarios en todo el país. Esta vez no habrá un gran cheque para la federación, pero sí una oportunidad estratégica que la dirigencia quiere convertir en un legado duradero.
El torneo de 2026 será organizado directamente por FIFA y compartido con México y Canadá, de modo que el grueso de los ingresos no pasará por las manos de la federación estadounidense. Ante esa realidad, U.S. Soccer ha optado por el camino de usar la visibilidad del Mundial como palanca para reforzar su estructura, ampliar su base social y generar nuevas fuentes de financiamiento. La meta declarada es ambiciosa: impactar desde el futbol infantil hasta la élite profesional y las selecciones nacionales.
El núcleo de la estrategia pasa por llevar el futbol a más escuelas y comunidades, especialmente donde hoy casi no existe oferta formal. Programas escolares, ligas recreativas y canchas de dimensiones reducidas en parques y barrios forman parte de un plan que busca reducir barreras económicas y geográficas. La idea es que jugar deje de depender de pertenecer a una academia cara y se acerque más a un modelo comunitario, donde el balón esté al alcance de cualquier niña o niño.
Al mismo tiempo, la federación impulsa campañas de recaudación y nuevas alianzas comerciales para financiar ese crecimiento. Los recursos se destinan tanto a infraestructura básica como a proyectos de alto rendimiento, con la mira puesta en futuras Copas del Mundo masculina y femenina. Para la dirigencia, el Mundial 2026 no es el punto de llegada, sino un acelerador de procesos que deberían sostenerse en la próxima década.
Un legado que empieza en el barrio y termina en la selección
El reto estructural más mencionado es el modelo de pago por jugar, que durante años ha limitado el acceso de familias de bajos recursos. U.S. Soccer reconoce que esa lógica excluye talento y profundiza desigualdades, por lo que plantea reforzar becas, programas gratuitos y convenios con municipios para habilitar más espacios seguros. En paralelo, busca articular mejor el camino que va del futbol base a las selecciones, de modo que el rendimiento deportivo también se beneficie de una base más amplia e inclusiva.
En este diseño, las ligas profesionales, tanto masculinas como femeninas, son vistas como socios clave del proyecto. La MLS, la NWSL y las divisiones inferiores pueden aprovechar el efecto arrastre del Mundial para incrementar afición, inversión y presencia en medios, pero la federación insiste en que el crecimiento debe ir acompañado de una visión a largo plazo. No se trata solo de llenar estadios en 2026, sino de consolidar una cultura futbolera que sobreviva cuando la atención global se haya ido.
Otro eje es el impulso al futbol femenino y a la diversidad en todos los niveles del juego. El plan incluye más oportunidades para niñas, comunidades latinas y afroamericanas, así como programas de formación para entrenadoras, árbitras y directivas. El objetivo declarado es que el crecimiento no se limite al sector masculino, sino que el Mundial sirva también para fortalecer un ecosistema femenino que ya es potencia deportiva, pero que aún arrastra carencias estructurales.
La magnitud del desafío no pasa desapercibida para la federación, que sabe que el futbol compite con otros deportes consolidados y con profundas desigualdades sociales. El director ejecutivo JT Batson sintetizó la apuesta en una frase que refleja la confianza en el momento histórico. “Ya contamos con un motor enorme formado por la gente que ama el futbol en este país, junto con la infraestructura de nuestras ligas y clubes profesionales, y todo el futbol juvenil a lo largo del territorio. Es un grupo muy poderoso que, si se organiza y se le apoya, puede lograr cosas realmente increíbles”. – JT Batson. Si ese motor se organiza y se sostiene más allá de 2026, el verdadero legado se medirá en las canchas de barrio, en las escuelas y en las futuras generaciones que vean al futbol como parte natural de la vida en Estados Unidos.

