Manuel Pellegrini, entrenador del Real Betis, propuso introducir en el fútbol la regla de campo atrás al estilo del básquet para impedir que un equipo regrese el balón a su propio campo una vez que cruzó la mitad. El técnico chileno defendió que el juego ganaría dinamismo y volumen ofensivo con una norma que incentive a permanecer cerca del arco rival. La idea surgió tras la victoria ante Lyon en Europa League y como respuesta a preguntas sobre eventuales cambios al fuera de juego.
El ingeniero se desmarcó de la Ley Wenger, el proyecto que busca flexibilizar el fuera de lugar, privilegiando al atacante cuando tenga alguna parte del cuerpo en línea con el último defensor. Para Pellegrini, mover el offside complicaría la aplicación con tecnología y no resolvería la raíz del problema del espectáculo. En su visión, la prioridad es empujar el juego hacia adelante y elevar el tiempo efectivo.
La propuesta del campo atrás trasladaría una limitación histórica del básquet al césped, donde nació en 1932 para evitar las posesiones estériles y forzar ataques continuos. En fútbol, su adopción reconfiguraría las salidas en corto, las vigilancias y la estructura de bloque medio, con menos pases horizontales sin progresión y más ocupación de carriles interiores. También penalizaría la especulación con ventajas mínimas.
El debate coloca a Pellegrini en una tradición de técnicos que han sugerido reformas para ganar espacios y ritmo. Ricardo La Volpe defendió en su día jugar con diez por equipo para abrir el campo y mejorar el espectáculo, idea que también buscaba combatir la densificación moderna. Sin embargo, ninguna de esas propuestas ha superado por ahora el filtro del regulador.
Entre el fuera de juego y el tiempo efectivo
La Ley Wenger mantiene tracción en foros técnicos y podría seguir en pruebas en el corto plazo con el argumento de devolver ventaja al ataque. Sus defensores argumentan que la exactitud del VAR ha convertido en penales las posiciones de fuera de juego muy ajustadas y que un umbral más amplio liberaría goles. Sus detractores responden que la medida cambiaría patrones defensivos sin eliminar del todo controversias.
La hoja de ruta de Pellegrini es otra y apunta al comportamiento colectivo más que a decisiones de línea. Con campo atrás, el equipo que progresa no podría desandar metros para resetear ataques, lo que forzaría apoyos verticales, más duelos en último tercio y un uso más agresivo de extremos y laterales. En escenarios de ventaja, el incentivo sería sentenciar y no dormir el partido.
Desde la perspectiva táctica, una norma así impactaría la presión tras pérdida, pues el rival no tendría la válvula de escape de reiniciar en su propio campo. Los entrenadores deberían rediseñar mecanismos de salida y perfiles de mediocentros con mayor capacidad para girar bajo presión. También crecería el peso de la ABP, porque más acciones en zonas avanzadas multiplican córners y faltas laterales.
El plano institucional mantiene la cautela habitual. Para que un cambio prospere, el proceso exige validación técnica, pilotos controlados y dictamen del IFAB, un circuito que suele tomar temporadas. Aunque el laboratorio está regulando, la conversación ya ha llegado a una conclusión que casi todos los participantes comparten: es urgente promover el ataque sin comprometer la esencia del juego.

