El amistoso entre Corea del Sur y Bolivia en Daejeon tuvo el sabor especial de las grandes noches, aun con el frío castigando desde temprano. La federación coreana viene sacando a la selección de la comodidad de Seúl y acercándola al interior, y esta vez tocó una ciudad ubicada a unos 150 kilómetros de la capital, orgullosa de su estadio mundialista. En ese mismo escenario, sede de tres partidos en 2002, Corea había vencido a Italia en octavos de final y desde entonces la ciudad respira fútbol.
A pesar de la temperatura, el ambiente fue creciendo poco a poco. Durante la primera media hora, las tribunas daban la impresión de estar semivacías, pero en realidad buena parte de la gente seguía afuera, aprovechando la enorme oferta de puestos de comida alrededor del recinto. Cuando el balón ya llevaba rato rodando, el estadio se estabilizó en un aforo cercano al 70 u 80 por ciento, suficiente para generar una atmósfera intensa cada vez que aparecía Son Heung-min.
En la cancha, el primer tiempo fue parejo y sin dominador claro. Corea tuvo algo más de posesión y se instaló varios tramos en campo rival, pero le faltó profundidad para traducir ese control en ocasiones limpias. Bolivia, bien ordenada, respondió con un bloque compacto, tapando líneas de pase interiores y saliendo de vez en cuando con peligro, aunque también sin la claridad necesaria en el último tercio.
El segundo tiempo arrancó con el mismo guion: partido cerrado, pocas ventajas y mucho respeto mutuo. Ninguno de los dos encontraba el detalle que destrabara la noche hasta que apareció el talento individual que suele inclinar la balanza en este tipo de duelos. Entonces, la pelota parada se convirtió en la llave que cambió la historia en Daejeon.
Bolivia se mide y piensa en el repechaje
En un tiro libre frontal, Son Heung-min se tomó su tiempo para acomodar el balón y ajustar la carrera. El disparo salió con la precisión que se espera de la máxima figura coreana y se coló lejos del alcance del arquero boliviano, un gol que hizo justicia al leve dominio local y que desarmó el plan defensivo de la visita. Desde ese momento, Corea jugó con más calma y empezó a manejar los tiempos con mayor autoridad.
Bolivia, obligada a adelantar líneas, intentó reaccionar y buscar el empate. Ese paso hacia adelante dejó espacios a la espalda de sus defensores y el equipo coreano encontró varias contras claras para sentenciar antes de tiempo. No fue hasta la recta final, en una acción que nació de un rebote dentro del área, cuando llegó el 2 a 0 que selló de forma definitiva el marcador y dejó sin margen de respuesta a la selección sudamericana.
Más allá de la derrota, el choque deja conclusiones importantes para la selección de Bolivia, que se prepara para disputar el repechaje intercontinental rumbo al Mundial 2026. El equipo se midió a un rival de otro continente, con ritmo alto e intensidad constante, similar a lo que puede encontrar ante un adversario africano o de Concacaf, que son los perfiles probables en la repesca. Aunque faltaron algunos nombres, la convocatoria fue casi completa y permitió ver la base real sobre la que se trabaja.
El siguiente desafío para los bolivianos será Japón, en un compromiso programado para este martes en el estadio nacional nipón. Ahí volverán a medirse con una selección asiática de máximo nivel, ahora con menos margen para la sorpresa y con la lección fresca de Daejeon en mente. Para Corea, en cambio, el duelo ante Bolivia confirmó que su apuesta por llevar al equipo al interior del país funciona: se fortalece el vínculo con distintas ciudades y se refuerza la confianza de un grupo que sabe que, con un Son inspirado, puede resolver partidos cerrados casi en cualquier contexto.

