La FIFA rompió cualquier intento de neutralidad política al conceder al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el primer premio de la paz del organismo durante el sorteo del Mundial 2026 en el Kennedy Center de Washington. El dirigente recibió una gran copa dorada y una medalla con cinta azul en medio de un despliegue de seguridad y de un acto cargado de simbolismo. El fútbol quedó por momentos en segundo plano ante una ceremonia que mezcló espectáculo, diplomacia y cálculo político.
El galardón, que la FIFA ha integrado en su campaña global Futbol une al mundo, pretende reconocer a figuras que, a juicio del organismo, trabajan por la paz y la unidad internacional. Su presidente, Gianni Infantino, defendió que el deporte puede servir como puente entre pueblos y presentó el trofeo como un reconocimiento a los esfuerzos del mandatario estadounidense en procesos de alto el fuego, especialmente en Gaza. La elección llega después de que Trump fuera nuevamente ignorado por el Premio Nobel de la Paz, una distinción por la que ha hecho campaña pública durante años.
Durante la ceremonia, Infantino entregó a Trump la copa y la medalla, que el propio presidente se colgó de inmediato ante las cámaras. El dirigente de la FIFA le transmitió que ese era su galardón de paz, mientras el mandatario agradecía el gesto y aseguraba que su prioridad es salvar vidas más que coleccionar premios, según relataron medios presentes. Después tomó la palabra, fuera del programa original, para destacar las cifras de ventas de boletos, la expectación global por el torneo y el papel del fútbol como escaparate para la imagen de Estados Unidos.
El sorteo, que definió los grupos del primer Mundial con 48 selecciones y tres anfitriones (Estados Unidos, México y Canadá), reunió también a la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum y al primer ministro canadiense Mark Carney. El evento combinó actuaciones musicales, presencia de leyendas deportivas y una producción televisiva pensada para audiencias de todo el mundo. Sin embargo, buena parte de la conversación pública se centró en el premio a Trump más que en los emparejamientos deportivos.
Un premio que expone el lado más político de la FIFA
La decisión de la FIFA generó críticas inmediatas de analistas, organizaciones de derechos humanos y aficionados, que consideran que el organismo ignora las controversias que rodean al presidente estadounidense. Señalan su retórica sobre migración y las recientes operaciones militares en el Caribe como ejemplos de un liderazgo difícil de asociar con la paz. Para estos sectores, el galardón responde más a una relación personal entre Infantino y Trump que a una evaluación objetiva de su desempeño internacional.
Otros observadores interpretan el premio como una especie de compensación simbólica después de que el Nobel de la Paz de este año recayera en la opositora venezolana María Corina Machado, quien sí ha reconocido públicamente el apoyo de Washington a su causa. La concatenación de ambos hechos ha alimentado la narrativa de que la FIFA quiso ofrecer a Trump un escenario de reconocimiento global que no consiguió en Oslo. El resultado, sin embargo, ha sido un aumento de la polarización en torno al organismo rector del futbol.
La creación del premio ya había sorprendido a altos cargos internos de la propia FIFA, que se enteraron del proyecto cuando Infantino lo anunció de forma acelerada semanas después del fallo del Nobel. Fuentes consultadas por medios internacionales describen una iniciativa muy personal del dirigente suizo-italiano, decidido a reforzar su influencia en los grandes debates geopolíticos. La organización, que durante años insistió en que el futbol debía mantenerse al margen de la política, da así un paso más hacia un papel cuasidiplomático.
El episodio también alimenta dudas sobre el futuro del premio de la paz de la FIFA y su credibilidad. El organismo asegura que será una distinción anual destinada a distintos actores globales, pero arranca con un ganador tan controvertido que muchos se preguntan si no ha quedado deslegitimado desde su nacimiento. Mientras tanto, el Mundial 2026 se acerca con la promesa de récords de asistencia y audiencia, pero con la sombra de que, al menos en esta ocasión, la política le ganó el protagonismo al balón.

